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La familia Landauer desempeñó un papel primordial en el devenir de su vida. Sus dos abuelos eran alcaldes socialdemócratas en dos pequeñas comunidades rurales al sur de Viena: Ober-Waltersdorf y Tattendorf. Uno de sus tíos era secretario del sindicato y diputado del Parlamento regional de Estiria. La supresión de la democracia en Austria, en febrero de 1934, supuso un gran contratiempo para la vida familiar. Su actividad política pasó a desarrollarse en la clandestinidad. Un grupo de correligionarios, bajo la dirección del ex-dirigente en los Halcones Rojos Peter Kubik, comenzaron con la agitación política: pegando símbolos prohibidos, pegatinas de las “Tres Flechas” o con el halcón rojo que todavía conservaban en cantidades.

Franco avanzaba y las primeras noticias fueron sobre los austriacos que lucharon al lado de la República y cayeron en la defensa de Madrid. Y así fue como descubrieron que había voluntarios austriacos que querían defender la democracia en España. Esta prensa tenía otra ventaja, sus distribuidores habían montado una red por la cual se podía llegar a España.

En la primavera de 1937 recibimos la visita de Leopold Chech, que había ocupado la alcaldía en el pueblo vecino de Pottendorf y que asímismo había sido destituido por los fascistas. Nos trajo una carta. La carta era de Franz Haiderer, de Pottendorf, que contaba que estaba luchando con un batallón de artillería del ejército republicano. En ese momento se selló mi destino.

El 18 de junio de 1937, Hans recibió su primera dirección de contacto en París, y dos días más tarde ya se encontraba en Francia. No le sería fácil convencer que ni se llamaba Landauer ni tenía 16 años sino Operschall y había cumplido ya los 18. Después de unos días en París, se dedicó a visitar la exposición mundial, y tomó un tren nocturno que le llevó a Perpiñan. La marcha. Al amanecer llegaron a una cabaña a la altura de Massanet de Cabrenys, donde les esperaban unos camiones que los llevarían a la fortaleza de Figueras. Hay dos imágenes de esta fortaleza que me acompañan toda mi vida. Un enorme cartel que mostraba los cadáveres de niños alineados sobre el empedrado. Podía ser en Madrid, Valencia, Barcelona. Quien sabe. Sobre ellos las sombras de aviones de bombardeo con cruces gamadas pintadas en las alas. Detrás de ellos una vaga silueta de Hitler, y debajo una frase que anticipaba la
tragedia de Europa y del mundo: “¡Hoy España, mañana el mundo”¡. Más en Londres y París continuaban sin querer ver ni oír. El segundo cartel representaba las casamatas delante de las cuales había lápidas que mostraban que ya durante la Guerra de Independencia había habido voluntarios que dieron su vida por España.

Al partir de Figueras toparon por primera vez con el nombre de Albacete. Su paso por la huerta valenciana y el entusiasmo de las gentes que allí les recibián, sorprendió a Hans y a los demás voluntarios. Si en París había pasado de ser Hans Landauer y tener 16 años a ser Hans Operschall y tener 18, ahora, en el cuartel nacional de Albacete me convertí de paisano en soldado, mejor dicho, en recluta. Mi único traje acabó en un montón de ropa, mi pasaporte que había usado en el viaje a través de Francia, fue sustituido por el carné militar por el cual me convertí oficialmente en soldado del Ejército Popular, de lo cual aún hoy me siento orgulloso.

Fue trasladado a Madrigueras, un pueblo al norte de Albacete. Allí comenzó su vida cotidiana como militar, realizaban prácticas sobre el terreno, les enseñaban conceptos fundamentales del comportamiento de un soldado de infantería, y cada dos días hacían prácticas de tiro, con balas de verdad, con el fusil de infantería y una pesada ametralladora. El calor que hizo en el verano del 37 en España y la asimilación de la nueva dieta, fueron algunos de los problemas relacionados por los que tuvieron que pasar los voluntarios. Durante nuestro período de instrucción tuvo lugar la batalla de Brunete. El batallón austríaco “12 de febrero de 1.934”, que contaba con pocos hombres y que había entrado por primera vez en acción en esta batalla, necesitaba refuerzos. De este modo, nuestro grupo acabó, tras un período de instrucción de dos semanas, como parte de la compañía de ametralladoras de este batallón en el cementerio de Quijorna.

Siguieron Quinto, Mediana, Teruel, primera y segunda retirada en Aragón y finalmente dos meses enteros con el batallón especial de la 35ª División en la batalla del Ebro, el segundo ataque en la defensa de Barcelona y las continuadas batallas hasta la frontera francesa, donde el 9 de febrero de 1.939, Hans devolvió su fusil en el paso fronterizo de Port Bou. “No me arrepiento para nada de haber estado en España en aquellos momentos, no me lo hubiese perdido por nada del mundo. Para mí fue el magisterio de mi vida. Aquí aprendí lo que era camaradería, solidaridad, el tener consideración con los demás.”